Esconderse. Faltar a clases o a una fiesta. Evitar fotografías. Sentirse observados. Enfrentar el espejo cada mañana, con nuevas heridas. Para muchos adolescentes, vivir con acné implica momentos realmente incómodos. Los especialistas lo ven a diario: el impacto emocional de las enfermedades de la piel puede ser profundo y, en determinados casos, derivar en ansiedad, aislamiento social y síntomas depresivos.
La dermatóloga Silvana Depetris explica que el acné se trata de una enfermedad inflamatoria crónica que afecta la unidad pilosebácea y que puede presentar desde comedones abiertos y cerrados -los conocidos puntos negros y blancos- hasta lesiones inflamatorias como pápulas, pústulas y nódulos. En los casos más severos, puede dejar cicatrices permanentes.
Pero detrás de las lesiones visibles existe otra dimensión que muchas veces queda relegada: la emocional. La piel es una de las principales formas en que una persona se presenta frente a los demás. Esa dimensión adquiere todavía más importancia durante la adolescencia, una etapa en la que se está construyendo la identidad, cambia el cuerpo y aumenta la preocupación por la mirada ajena, detalla la profesional.
Por eso, el sufrimiento no necesariamente guarda relación con la cantidad de lesiones que tiene una persona. Un acné que desde afuera puede parecer leve puede provocar un gran impacto psicológico.
Factores que influyen
La especialista explica que el acné puede aparecer en diferentes momentos de la vida y por múltiples factores. En la adolescencia tienen un papel importante los cambios hormonales, aunque también intervienen factores genéticos, metabólicos, inmunológicos y ambientales. Depetris menciona, entre otros, la relación con la insulina, el síndrome metabólico, el microbioma intestinal, el estrés y el exceso de cortisol, además de determinados medicamentos, como los corticoides o la vitamina B12.
También puede presentarse en etapas mucho más tempranas. La dermatóloga señala que en los últimos años observa pacientes cada vez más pequeños y habla de casos de niñas de ocho y nueve años que comienzan con acné asociado a procesos de desarrollo puberal más temprano.
Cifras
Alrededor del 80% de los adolescentes de entre 12 y 18 años atraviesan en algún momento la afección. Esto convierte al acné en una experiencia extremadamente frecuente. Pero eso no significa que las consecuencias deban ser minimizadas.
Las personas con acné u otras enfermedades dermatológicas pueden experimentar vergüenza, inseguridad, tristeza, enojo, frustración, ansiedad y temor a ser juzgadas, resalta la psicóloga Cecilia López.
A veces, ese malestar aparece en comportamientos que pueden pasar inadvertidos para los adultos. El adolescente puede comenzar a taparse la cara con el cabello, utilizar maquillaje en exceso, evitar determinadas prendas, no querer sacarse fotografías o pasar largos períodos frente al espejo, detalla la especialista.
También puede suceder que deje de mirarse porque hacerlo le genera angustia. “Muchas veces no nos van a decir ‘esto está afectando mi autoestima’. Lo van a mostrar a través de sus conductas”, explica.
Por eso, no alcanza con preguntar solamente si nuestro hijo está preocupado por su piel. También es necesario observar qué está dejando de hacer por esa angustia. ¿Dejó de ir a una fiesta? ¿Ya no quiere sacarse fotos? ¿Evita encontrarse con sus amigos? ¿No quiere ir al colegio? ¿Está permanentemente pendiente de cómo se ve? Esas conductas pueden ser muy reveladoras, remarca.
¿Cuándo preocuparse?, le preguntamos. López detalla que el problema aparece cuando esa angustia que tienen comienza a ocupar un lugar excesivo y condiciona la vida cotidiana.
Pensamientos como “no voy porque tengo la cara así”, “no quiero que me vean” o “no quiero salir en una foto” pueden llevar progresivamente a evitar situaciones sociales. “Y la evitación puede convertirse en un círculo difícil de romper: cuanto más se evita una situación que genera ansiedad, más difícil puede resultar volver a exponerse”, explica López. “Por eso, es importante intervenir tempranamente y no esperar a que el aislamiento sea muy marcado”, añade.
La falta de sueño, la baja autoestima, la ansiedad, la presión social y los síntomas depresivos aparecen entre las posibles consecuencias emocionales asociadas a los problemas dermatológicos, enumera. Esto no significa que toda persona con acné vaya a desarrollar un problema de salud mental. Pero sí implica que el sufrimiento psicológico debe ser tomado en serio cuando aparece.
Abordaje amplio
La dermatóloga Depetris considera fundamental detectar aquellos pacientes cuyo sufrimiento psicológico supera lo esperable y trabajar en conjunto con profesionales de salud mental. En esos casos, plantea un abordaje que incluya al dermatólogo, al psicólogo especializado en adolescentes y a la familia.
“El acné puede tener impacto emocional a cualquier edad, pero durante la adolescencia confluyen varios factores que pueden potenciarlo”, sostiene López. Quién soy, cómo me veo, cómo me ven los demás, dónde pertenezco, son algunas de las preguntas internas que adquieren particular relevancia en esta etapa. La psicóloga explica que, además, el joven puede tener dificultades para adaptarse a los cambios corporales propios de esa etapa. Frente al espejo puede encontrarse con una imagen que todavía no reconoce como propia.
En niños más pequeños, en cambio, el impacto puede originarse principalmente en la mirada de los demás. Una burla, una pregunta insistente o un comentario sobre la piel puede hacer que el niño empiece a sentirse diferente, describe.
Qué es skin positivity
En los últimos años surgió también el movimiento conocido como skin positivity, que busca promover una relación más amable con la propia piel y cuestionar la presión por alcanzar una apariencia perfecta. La propuesta parte de una idea valiosa: mostrar que las personas reales tienen poros, granitos, cicatrices, manchas y textura, y que no necesitan esconder todas sus imperfecciones para sentirse aceptadas.
Sin embargo, Depetris aclara: aceptar la propia apariencia no debería confundirse con naturalizar una enfermedad que puede sí tratarse y que es posible lograr una mejoría importante.
La dermatóloga da un dato que obliga a no minimizar el problema: algunos estudios advierten sobre un impacto psicológico significativo del acné en algunos adolescentes y cita un trabajo en el que se reporta que un 24,1% de los adolescentes evaluados había intentado quitarse la vida.
Se trata de un dato de enorme gravedad que debe ser interpretado con cautela: no significa que el acné provoque por sí solo conductas suicidas ni que la mayoría de los adolescentes con acné atraviesen ese tipo de situaciones, aclara la especialista. Pero insiste en prestar atención cuando aparecen señales de sufrimiento.
Cómo ayudarlos
El acompañamiento familiar resulta fundamental. Frente a un adolescente que expresa vergüenza o sufrimiento por su apariencia, muchas veces los adultos responden intentando tranquilizarlo: “Pero si estás hermoso”, “nadie se fija” o “no es para tanto”.
Aunque esas frases surjan desde el amor, pueden terminar minimizando lo que siente. “Antes de tranquilizar tenemos que escuchar. Mirarlos y escuchar”, remarca la psicóloga López.
En lugar de restarle importancia al problema, propone preguntar qué es lo que más le preocupa, si alguien hizo algún comentario o si está dejando de hacer actividades por ese motivo.
“Validar una emoción no significa confirmar que aquello que teme sea cierto. Significa reconocer que su sufrimiento sí es real”, explica.
Para la especialista, ese acompañamiento puede ayudar a que los adolescentes comprendan que su valor y su identidad son mucho más amplios que aquello que ven cuando se miran al espejo.